KURBAN BAJRAMI parte segunda
Bajrma es la fiesta de los niños y los dulces. De camino a casa vemos como los pequeños de la casa van en grupo a visitar a los vecinos. Todos portan una bolsita de plástico. Cuando llegan a la puerta gritan un “Feliz Bajram” que les es recompensado con caramelos y bombones. Al llegar a casa toca visitar a la familia. Vamos a casa de nuestros tíos. Nada más llegar nos dan un vaso de zumo de fresa –el zumo más dulce que nunca he probado- luego me dan un trozo de tarta y una porción de Baklava –dulce turco de miel y frutos secos- para bajarlo y una vez acabado el zumo, un vaso de té nos ayuda a diluir los dulces. La operación se repite en la casa de mis otros tíos. Mientras pienso la forma de esconder el trozo de tarta debajo de la alfombra. Los niños llegan gritando y me avisan de que el cordero ha llegado.
La costumbre es sacrificar un cordero. Y compartirlo con familiares, amigos y gente necesitada del barrio.
Un chico joven acarrea un cordero. Mi padre le tapa los ojos y le da un poco de agua.
En el suelo del jardín, que en su día fue un vergel lleno de flores de todos los colores, y ahora es un trozo de tierra helado en el que sobreviven los tres rosales, hay un agujero horadado. Es el agujero donde irá la sangre del cordero.
El cordero, aunque resignado, no parece demasiado contento con la situación. De forma torpe, intenta resistirse. Entre mi padre y el matarife lo tumban en el suelo. El joven matarife, sin demasiada ceremonia le corta la garganta al cordero. Un quejido roto surge del fondo del animal. Sus ojos parpadean intentando retener un segundo más de vida. Los niños espectadores del evento siguen comiendo sus caramelos recolectados. Mientras el cordero da sus últimas patadas al aire, los niños repiten una y otra vez “ha muerto, ha muerto”, el animal, ya sin vida, sigue efectuando de modo mecánico y a modo de estertores de muerte movimientos reflejos. Sus patas traseras se niegan a la realidad de la muerte. De pronto, la muerte. Los niños confirman el hecho “ha muerto” y ante la falta de movimiento vuelven a su labor recolectora de caramelos.
Yo sigo ahí. Miro al cordero. Pero el cordero ya no me mira, ya no parpadea.
El matarife sigue con su trabajo. Ahora agarra una pata del cordero y le hace un corte profundo. En un ataque de canibalismo, acerca su boca al corte y empieza a soplar. El cordero todavía humeante, empieza a hincharse como si de un globo se tratará. El matarife solo intenta simplificar su trabajo a la hora de arrancar la piel al cordero… mete aire entre su piel y los musculos, después todo será más fácil.
Despellejar a un cordero es más trabajoso de lo que parece. El matarife se toma su tiempo. Con precisión de cirujano, va haciendo cortes que le ayuden a sacar toda la piel de una vez. Poco a poco el cordero queda desnudo. Su lanuda ropa queda tendida en el suelo. Y él colgado de un gancho va siendo despiezado sin pausa.
El cordero ha quedado reducido a un montón de bolsas de plástico, mi hermano las reparte entre familiares y conocidos. Mi madre se encarga de limpiar el improvisado matadero. El matarife limpia su instrumental... Y se va.
Mientras tanto, las visitas siguen entrando en casa. Todas son bienvenidas y recibidas con un vaso de zumo y una selección de dulces. A los hombres se le ofrece tabaco. La vida sigue en Kosovo.
kosovarian Puthje -besos kosovares-
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KURBAN BAJRAMI parte primera
El 20 de Diciembre, a las 6:00 am, el teléfono empezaba a sonar, era demasiado temprano para empezar el día… Aunque ya hacía tiempo que el sol iluminaba la estancia, la hora psicológica me pesaba demasiado… poco a poco, los ruidos cotidianos de la casa empezaban a indicarme que no quedaba más remedio que levantarse.
No habían pasado quince minutos, cuando Sadic y Kikiriki chico entraban en el salón, como siempre impecables, con sus chaquetones y gorros de lana tomaban un té que Mamá acababa de preparar. Mientras mi hermano, aún legañoso, dejaba su traje de sueños para vestirse con todas las capas de ropa necesaria para no pasar frío. Frío que me había obligado a dormir en el salón con el resto de la familia para poder dormir cerca de la estufa de leña a la que no hacen llaga la ausencia de electricidad que castiga Kosovo.
Mientras tanto, yo observaba el cuadro, desde mi refugio entre manta. Aunque le prometí a mi hermano que iría a la Mezquita con él, la hora psicológica sigue haciendo mella en mí. Él ya esta vestido, Mamá me trae una taza de té y me avisa de que es hora de moverse. Con decisión, salgo de mi cálido fortín.
Vestido para la ocasión, es decir, tapado hasta las cejas por bufanda, gorro y guantes, vuelvo al salón. Mamá me avisa de que me ponga un par de calcetines extras –los iba a necesitar-.
Los niños me avisan de que podemos ir en coche. Pero tiene truco. Primero tenemos que conseguir que el coche de nuestro tio arranque. El coche, un Ford Esscort que ha conocido tiempos mejores, tiene una fría y dura capa de hielo de un dedo de espesor.
La mañana se presenta diferente. Todavía no son las siete de la mañana y estoy sudando mientras empujo el coche, rampa arriba, rampa abajo, intentando que el motor se decida a renacer de su letargo invernal. La imagen tiene su gracia, un par de proyectos de adultos y un coro de cinco niños empujan un Ford Esscort calle arriba, calle abajo mientras gritan al conductor “Arráncalo Carlos, arráncalo por dios” – aunque bajo cero y en albanés suena mejor.
Después de repetidos intentos, dejamos por imposible la reanimación del coche. Al final, el coro de niños me guía rumbo a la gran mezquita de Mitrovica. Será la primera vez que rece en un mezquita –y posiblemente la primera que rece en mi vida-
Al llegar a la mezquita nos enteramos de que el aforo está completo. Así que toca quedarse en el descansillo, dónde se dejan los zapatos, y esta vez, por casualidad, el descansillo no tiene calefacción.
Nos saltamos las abluciones, demasiado frío para ir mojándose, así que pasamos directamente al rezo. Como todas las primeras veces, uno se encuentra con algunas dificultades, la torpeza de la inexperiencia. Pero nada grave.
Tras rezar, nos sentamos en el suelo. Y escuchamos el sermón del Mulá de turno, un señor refunfuñón, que no esta demasiado contento.
El público asistente es o muy mayor o muy joven. No hay término medio., Los abuelos con callados y los niños que lo acompañan. Algunos jóvenes, pero pocos.
El Mulá sigue abroncando al respetable, pero parece que no hace mucha mella en ellos, la mezquita parece una sala de espera en el hospital, todo el mundo charla –a sottovocce- de sus cosas con el compañero de alfombra, mientras la voz del alta voz sigue con su discurso sordo.
El vejete ha terminado, antes de irnos, volvemos a rezar, esta vez ya tengo experiencia, y todo parece más fluido. Mi hermano me mira por el rabillo del ojo para comprobar que lo hago bien.
Al terminar, nos felicitamos un “Feliz Bajram”, estrechamos manos y abrazamos. Ahora toca lo difícil, salir. Todo el mundo quiere salir a la misma vez. Nadie esta dispuesto a dejar pasar a nadie. Ahora entiendo porque todos los años hay muertos en La Meca, los musulmanes no saben respetar turnos de salida.
Pero al final salimos. Con un frío clavado en los huesos. Rumbo al primer café que haya abierto. Son las ocho y cuarto. Hemos pasado más de una hora sentado en el suelo helado.
Volvemos a casa con el café sirviendo de líquido anticongelante. El día esta despejado. El sol sigue fuera pero no calienta demasiado.
kosovarian Puthje -besos kosovares-
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URIME BAJRAMI
O Feliz Fin de Ramadán… en español no hay ningún término que nombre la celebración del fin del periodo del mes de abstinencia de los musulmanes. El término más conocido internacionalmente es la Fiesta del Eid, término árabe que designa el fin del Ramadán. Pero en albanés se lo conoce como Bajram (acordaos de leer la “J” como una “i latina” que es como se hace en albanés).
En realidad la celebración es muy parecida (las comparaciones son odiosas, ya lo sé) a las navidades, solo que para ellos tiene un valor extra al terminar un mes de ayuno y abstinencia, y aunque no todos lo siguen, las celebraciones son seguidas por todos, algo que es social y culturalmente aceptado por la mayoría de la población albanesa.
La celebración consiste en tres días de fiesta, donde se visita a familiares y amigos. Lo importante es reunirse con los seres queridos, tomar té, café y dulces, muchos dulces.
No hay escuela, ni se trabaja. Se almuerza temprano y se va a visitar a parientes y vecinos. Encontrar un momento para el reencuentro. Algo sencillo, pero a la vez fácil de entender.
De alguna manera se considera que es la fiesta de los niños. Los pequeños de la casa, aunque no siguen el Ramadán, hasta que no tienen al menos 12 o 13 años, se los premia con chocolate, caramelos y dulces. Y para celebrar su alegría ante tantas amabilidades, ellos tiran petardos y cohetes (como en navidades… ¿es o no?)
El primer día de Bejram. A primera hora del alba, todos los fieles a la doctrina coránica, van a las mezquitas –incluso se preparan polideportivos para dar acogida a todos los seguidores- para rezar.
Algo que me sigue resultando curioso, es como los albaneses rezan en árabe aunque no tengan ni idea del idioma de Mahoma. Es muy parecido a los tiempos en los que la misa era en latín, de nuevo otra odiosa comparación.
Y como en los tiempos en los que la misa era en latín, los fieles entienden parte de lo que se dice, pero es a base de los comentarios del Mulá como los seguidores entienden la doctrina del profeta.
kosovarian Puthje -besos kosovares-
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