En los últimos días he leido muchas cosas sobre Georgia -lamentablemente- y estaba esperando algo así... Alfonso Rojo, no es santo de mi devoción -ni mucho menos- pero de cualquier forma lleva razón en gran parte de los argumentos que expone en su artículo. Lamentablemente, solo puedo decir... te lo dije!!!
El destacado en negrita es mio.
EL PECADO ORIGINAL
POR ALFONSO ROJO Jueves, 14-08-08
La imagen estremece. El cadáver del camarógrafo holandés aparece en el centro de la foto, desmadejado en el maletero del coche y a su lado, uno de sus colegas, salpicado de sangre, lo abraza, con esa desesperación que se adueña de los reporteros de guerra cuando descubren que los mutilados, los heridos, los ciegos y los muertos también pueden ser ellos.
Por duro que suene, la vida de los cinco periodistas y las de los miles de ciudadanos destripados en Georgia, hay que ponerlas en el debe de los civilizados, opulentos y siempre correctos políticos occidentales.
El único que se ha atrevido hasta ahora a decirlo aquí ha sido Antonio Pérez Henares, quien se pregunta en su blog por qué lo que está bien para Kosovo, no vale para Osetia.
Es la primera vez, desde el desmoronamiento de la URSS, que los rusos imponen militarmente una solución fuera de su territorio, pasándose por la entrepierna los patéticos consejos de EE.UU. y sus aliados europeos, incapaces de mover un dedo para auxiliar a su protegido georgiano.
Quien quiera engañarse puede intentar explicar la operación bélica apelando a ese viejo aforismo eslavo según el cual Rusia sólo puede tener en sus fronteras enemigos o vasallos.
Claro que la paranoia del KGB, de cuyas filas emergieron quienes mandan en el Kremlin, combinada con la personalidad de Putin, el elevado precio del petróleo y el recuerdo de las humillaciones sufridas en los 90, ayuda a entender la ferocidad del ataque, pero fue la decisión de EE.UU. y la Unión Europea de reconocer a Kosovo, lo que pavimentó el camino de los blindados rusos hacia Tsjinvali.
El pecado original en esta tragedia, la insensatez criminal, lo cometió Occidente el pasado febrero, al aceptar que se desgajara de Serbia su sexta provincia, argumentado que la mayoría de sus habitantes -de origen albanés- no querían depender de los serbios de Belgrado. Lo mismo que les pasa a los ciudadanos de origen ruso de Abjasia u Osetia, tampoco desean ser gobernados por los georgianos de Tbilisi.
El pasado 17 de febrero el primer ministro kosovar, Hashim Thaçi, proclamaba desde el parlamento de Prístina la independencia de Kosovo. Desde entonces la atención internacional se ha centrado en el "nuevo" Estado y hemos asistido a una avalancha de opiniones sobre la independencia del país. Las hay para todos los gustos: desde las posiciones nacionalistas, ya sea serbia, albanokosovar, españolista, vasca o europeísta, basadas en pasiones más que es razones, hasta las de corte jurídico, en las que se analizan la legalidad de la autoproclamación y las consecuencias para los países que reconozcan dicha independencia. Básicamente se puede reducir a posturas a favor o en contra de la independencia.
Desde diferentes foros de opinión se ensalza la victoria de las libertades de un pueblo oprimido –el albanokosovar–, el fin del protectorado neocolonial de Naciones Unidas y la Unión Europea, y la llegada de la paz definitiva a los Balcanes.
Kosovo ha ocupado las primeras páginas de los diarios internacionales, todos los medios de comunicación han dado cobertura al nacimiento de este nuevo Estado. Intelectuales, periodistas y expertos han expresado su opinión al respecto.
Y la verdad sea dicha, se está abusando de la opinión y escasea la reflexión. La independencia de Kosovo no se puede tomar a la ligera, ya que las repercusiones que va a tener van a afectar a todo el mundo.
Se habla de la excepcionalidad de Kosovo. Evidentemente el caso de Kosovo es excepcional, como lo es el de Euskadi, el Sahara occidental, Palestina, Chechenia, Osetia, Voivodina… ¿Quién decide dónde empieza y acaba la excepcionalidad? La independencia de Kosovo abre la caja de Pandora de los nacionalismos del planeta.
La cuestión de la excepcionalidad plantea el problema del reconocimiento, porque una declaración de independencia carece de efectividad si el reconocimiento no es generalizado. En 1991, Alemania y su reconocimiento unilateral de la independencia de Croacia provoco una crisis política internacional que supuso el principio de la guerra de los Balcanes, guerra de la que todavía hoy seguimos sufriendo sus consecuencias.
El problema del reconocimiento nos está llevando a un aparente callejón sin salida: la división dentro de la Unión Europea. Y digo aparente porque es un error creer que, por ejemplo, España no va a reconocer la independencia de Kosovo: la negativa provisional a reconocer el nuevo Estado se enmarca dentro de la campaña electoral en la que nos encontramos. La independencia de Kosovo no ha sorprendido a nadie. Cuando digo a nadie, me refiero a los actores internacionales y, especialmente, a cada uno de los Estados miembros de la Unión Europea, que lleva nueve años en Kosovo como unos de los cuatro pilares en los que se asienta la Misión de Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK).
Por todo ello es absurdo pensar que entre los 27 miembros de la Unión Europea exista un desacuerdo radical acerca de la independencia de Kosovo, lo que no significa que no haya discrepancias ni intereses enfrentados. El proceso de reconocimiento va a ser gradual. Los primeros días sólo han reconocido el nuevo Estado algunos países, entre ellos Francia, Reino Unido, Alemania e Italia –y por supuesto, Estados Unidos–, pero en las próximas semanas o meses se sumarán todos y cada uno de los países miembros; ya que desde hace meses la Unión Europea está preparando el relevo a la Misión de Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK). El pasado sábado comenzó dicho relevo con el envío de los primeros 2.000 funcionarios europeos integrantes de la misión “Kosovo Eulex”. La Unión Europea no puede permitirse que las disensiones internas paralicen un proceso que ya dura nueve años y desbaraten una misión que ha supuesto la mayor inversión monetaria fuera de sus fronteras. Estamos hablando de política: todo está pactado, no hay espacio para la improvisación.
La ruptura de la legalidad internacional
Con la autoproclamación y posterior reconocimiento internacional nos encontramos ante un caso de ruptura de la legalidad internacional. La entrada deNaciones Unidas y OTAN en Kosovo se produjo en virtud de la resolución 1.244 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que estipulaba el protectorado provisional de Naciones Unidas y la defensa de dicho territorio por parte de la OTAN. Hasta que no se apruebe una nueva resolución del Consejo de Seguridad, la resolución 1.244 seguirá en vigor, por lo que, de acuerdo con las leyes y acuerdos internacionales, es ilegal que Kosovo se independice. Una nueva resolución que reconociera la independencia de Kosovo es impensable porque Rusia ejercería su derecho a veto. Dada la imposibilidad de alcanzar un consenso con Rusia en el Consejo y de que se acuerde una nueva resolución, Kosovo está violando la legalidad internacional, y también cada uno de los países que reconozca el nuevo Estado.
Ignorar al Consejo de Seguridad supone la desautorización en toda regla de Naciones Unidas y el desprecio al espíritu de la sociedad de naciones y a la idea de igualdad de los Estados.
He dejado para el final la cuestión de la etnicidad. ¿Pueden serbios y albaneses vivir juntos? ¿Tiene sentido forzar a ambas comunidades a entenderse? Si la respuesta es no, si creemos que los albanokosovares nunca van a ser respetados ni entendidos por los serbios de Belgrado, que la convivencia es imposible, entonces la única solución es conceder la independencia al pueblo albanokosovar.
Esta reflexión me plantea serias dudas.
Si no creemos en la capacidad de convivir de albanokosovares y serbios, ¿por qué se reconoce un Kosovo independiente en el que un 90 % de población albanesa domine a un 8% serbio? ¿Podemos estar seguros de que los albaneses serán mejores gobernantes que los serbios?
El apoyo a la creación de un nuevo Estado con un 90 % de mayoría albanesa equivale a respaldar la creación de un Estado monoétnico, lo que sólo puede sostenerse desde el desconocimiento absoluto de los Balcanes, o una mala fe interesada. Además, implica tirar por la borda trece años de políticas multiétnicas en la región: desde Bosnia hasta Macedonia, pasando por nueve años de políticas multiétnicas en Kosovo.
El sufrimiento del pueblo albanokosovar, con sus 10.000 muertos reconocidos internacionalmente entre los años 1997-1999, su millón de desplazados y sus 15 años de represión por el dictador Milosevic, es compensado con la independencia. Lo que supone al mismo tiempo, el castigo de los 150.000 serbios desplazados/exiliados desde 1999 fuera de Kosovo, y la seria duda sobre los 120.000 que aún residen en Kosovo, a los que se les pone muy cuesta arriba vivir en un nuevo país del que no quieren formar parte pero del que son miembros con los mismos derechos que los albanokosovares.
En Kosovo conviven al menos nueve grupos étnicos diferentes (albaneses, serbios, goranis, bosnios, turcos, húngaros y gitanos romaníes, ashkalíes y egipcios). Algunos de estos grupos en números casi insignificantes, las diferencias interétnicas residen en la convivencia con la mayoría albanesa, y con esta la supervivencia de las mismas.
Y sin duda, mi principal preocupación con respecto a la independencia de Kosovo es qué consecuencias tendrá en los Balcanes. Al norte del río Ibar se concentra el 85 % de la población serbia que vive dentro de Kosovo. ¿Se permitirá a esta mayoría serbia del norte independizarse de Kosovo?
En la región de Tetovo, en el norte de Macedonia, reside la mayoría de albaneses del país, que constituye un 40 % de la población total. ¿Se permitirá a la mayoría albanesa de Tetovo independizarse de Macedonia?
En la República Srpska, entidad serbia en la Federación de Bosnia-Herzegovina, el 96´8% de la población es de étnia serbia ¿Se les permitirá independizarse de Bosnia?
¿Cuántas personas tendrán que abandonar sus casas para poder tener una vida segura?
¿Quién decide los criterios en que se basa la excepcionalidad?
“Llevo diez años sin poder ir a mi propia casa. Estuve en Alemania trabajando y cuando volví, tuve que irme a casa de mis padres” Aferdita Syla, tiene 35 años y es albano kosovar, vivé en Mitrovica y es la directora de la única revista con edición bilingüe en albanés y serbio que existe en Kosovo “desde hace diez años solo he andado una vez por el norte, hace poco fui a cenar con unos amigos, no se lo dije a mi madre, me habría encerrado en casa”
Mitrovica antes del conflicto de Kosovo, fue una zona de fructífera minería, ahora sólo es conocida por ser, al igual que su homologa bosnia, Mostar, una ciudad dividida.
En el Norte: viven serbios, son ortodoxos, la moneda es el dinar y los anuncios están en caracteres cirílico. En el Sur: se habla albanés, se usa el euro, y los alminares de las mezquitas rompen la monotonía del caótico urbanismo kosovar. Y entremedio un río, el Ibar, y sus puentes.
Milos Drazevic lleva cuatro años trabajando para una ONG que reúne a serbios y albaneses con el objetivo de crear puentes entre ambas comunidades. La tarea no es fácil pero no faltan ganas. La ONG en la que trabaja Milos está en el sur, en la parte albanesa, y esto le provoca no pocos problemas. Trabajar con albaneses no está bien visto entre los compatriotas serbios, pero no es sólo eso.
“No soy libre en mi propio país” Milos no puede contener su indignación “¿Quién son ellos para pedirme qué me identifiqué?” Como cada día Milos cruza el puente que une Norte y Sur, y hoy un policía de Naciones Unidas, de nacionalidad rumana, le ha dado el alto y le ha pedido que le mostrara un documento que lo identificara, en el check point permanente que hay en el puente. Desde 1999, el puente es tristemente famoso por ser custodiado por los militares franceses del KFOR, –fuerzas de Kosovo de la OTAN-, y controlado por la policía de Naciones Unidas. Durante el conflicto de Kosovo, los francotiradores de ambos bandos se apostaban en ambos márgenes del río y disparaban a cualquiera que se acercara al puente.
Cuando en junio de 1999, las fuerzas de la OTAN llegaron a Mitrovica, la situación era de conflicto abierto. En ese momento, y debido a las circunstancias, se decidió cerrar el paso en el puente. Lo que debió ser una decisión temporal para proteger a serbios y albaneses, ha terminado marcando a la ciudad de forma permanente. El puente los separa.
Los francotiradores se fueron de la ciudad hace mucho tiempo, pero el miedo a cruzar el puente sigue vivo. El escaso transito es prueba evidente, solo unos pocos se atreven a cruzarlo. La presión de ambas comunidades sobre aquellos que intentan trabajar por un Kosovo en que serbios y albaneses vivan unidos es mucha. Pero eso no quita la esperanza a los pocos que siguen trabajando en ellos. La vida sigue en Kosovo.
Kosovo es, a día de hoy, un lugar difícil de encontrar en un mapa. Geográficamente lo podemos situar en los Balcanes, pero eso no termina de aclararnos cuál es la situación de Kosovo.
En 1999, después del bombardeo de la OTAN sobre territorio serbio, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dictó una resolución por la cual Kosovo, hasta entonces región del estado serbio, estaría bajo la tutela de la ONU hasta que se lograse unas condiciones mínimas de autogobierno. Pero Serbia nunca ha reconocido esta resolución. Y desde entonces han pasado ocho años.
Ocho años de ocupación internacional, no olvidemos que hay dieciséis mil militares de la OTAN en la zona, los KFOR –fuerzas de Kosovo de la OTAN-, en misión de paz, pero no dejan de ser militares que van armados y recuerdan en todo momento que puede pasar algo, que la paz entre serbios y albaneses no es algo definitivo. Que su presencia es necesaria y la seguridad de todos depende de ellos.
Ocho años de transición política, en los que Naciones Unidas ha guiado los pasos para construir un Kosovo democrático e igualitario. No podemos olvidar que Kosovo ha vivido en sus propias carnes el trauma de la caída del sistema comunista, la imposición de la dictadura de Milosevic, el dolor de la guerra, una posguerra y la actual ocupación internacional. Y todo eso en menos de veinte años.
Ocho años de economía de posguerra. Una economía en constantes crisis, con altos niveles de desempleo, una inflación astronómica y una fuerte dependencia de las subvenciones de la Unión Europea y Naciones Unidas. Situación que crea serias dudas sobre el futuro. Un futuro que nunca llega.
Ocho años de incertidumbre, en el que ha habido constantes rumores sobre las posibles soluciones a la situación. Y el problema es que Kosovo no existe como país, y no poseerdicho estatus le impide mantener cualquier tipo de relaciones oficiales con otros países. Pero los que sí existen son sus más de dos millones de habitantes. Una población civil diezmada por el paso del tiempo y frustrada ante la falta de expectativas.
Vivir en Kosovo, vivir en el Limbo, no es fácil. Pero el pueblo kosovar tiene una gran capacidad para adaptarse a los cambios, y mientras esperan una nueva resolución del Consejo de Seguridad que determine su futuro, la vida sigue en Kosovo.
Bajrma es la fiesta de los niños y los dulces. De camino a casa vemos como los pequeños de la casa van en grupo a visitar a los vecinos. Todos portan una bolsita de plástico. Cuando llegan a la puerta gritan un “Feliz Bajram” que les es recompensado con caramelos y bombones.
Al llegar a casa toca visitar a la familia. Vamos a casa de nuestros tíos. Nada más llegar nos dan un vaso de zumo de fresa –el zumo más dulce que nunca he probado- luego me dan un trozo de tarta y una porción de Baklava –dulce turco de miel y frutos secos- para bajarlo y una vez acabado el zumo, un vaso de té nos ayuda a diluir los dulces. La operación se repite en la casa de mis otros tíos. Mientras pienso la forma de esconder el trozo de tarta debajo de la alfombra. Los niños llegan gritando y me avisan de que el cordero ha llegado.
La costumbre es sacrificar un cordero. Y compartirlo con familiares, amigos y gente necesitada del barrio.
Un chico joven acarrea un cordero. Mi padre le tapa los ojos y le da un poco de agua.
En el suelo del jardín, que en su día fue un vergel lleno de flores de todos los colores, y ahora es un trozo de tierra helado en el que sobreviven los tres rosales, hay un agujero horadado. Es el agujero donde irá la sangre del cordero.
El cordero, aunque resignado, no parece demasiado contento con la situación. De forma torpe, intenta resistirse. Entre mi padre y el matarife lo tumban en el suelo. El joven matarife, sin demasiada ceremonia le corta la garganta al cordero. Un quejido roto surge del fondo del animal. Sus ojos parpadean intentando retener un segundo más de vida. Los niños espectadores del evento siguen comiendo sus caramelos recolectados. Mientras el cordero da sus últimas patadas al aire, los niños repiten una y otra vez “ha muerto, ha muerto”, el animal, ya sin vida, sigue efectuando de modo mecánico y a modo de estertores de muerte movimientos reflejos. Sus patas traseras se niegan a la realidad de la muerte. De pronto, la muerte. Los niños confirman el hecho “ha muerto” y ante la falta de movimiento vuelven a su labor recolectora de caramelos.
Yo sigo ahí. Miro al cordero. Pero el cordero ya no me mira, ya no parpadea.
El matarife sigue con su trabajo. Ahora agarra una pata del cordero y le hace un corte profundo. En un ataque de canibalismo, acerca su boca al corte y empieza a soplar. El cordero todavía humeante, empieza a hincharse como si de un globo se tratará. El matarife solo intenta simplificar su trabajo a la hora de arrancar la piel al cordero… mete aire entre su piel y los musculos, después todo será más fácil.
Despellejar a un cordero es más trabajoso de lo que parece. El matarife se toma su tiempo. Con precisión de cirujano, va haciendo cortes que le ayuden a sacar toda la piel de una vez. Poco a poco el cordero queda desnudo. Su lanuda ropa queda tendida en el suelo. Y él colgado de un gancho va siendo despiezado sin pausa.
El cordero ha quedado reducido a un montón de bolsas de plástico, mi hermano las reparte entre familiares y conocidos. Mi madre se encarga de limpiar el improvisado matadero. El matarife limpia su instrumental... Y se va.
Mientras tanto, las visitas siguen entrando en casa. Todas son bienvenidas y recibidas con un vaso de zumo y una selección de dulces. A los hombres se le ofrece tabaco. La vida sigue en Kosovo.
El 20 de Diciembre, a las 6:00 am, el teléfono empezaba a sonar, era demasiado temprano para empezar el día… Aunque ya hacía tiempo que el sol iluminaba la estancia, la hora psicológica me pesaba demasiado… poco a poco, los ruidos cotidianos de la casa empezaban a indicarme que no quedaba más remedio que levantarse.
No habían pasado quince minutos, cuando Sadic y Kikiriki chico entraban en el salón, como siempre impecables, con sus chaquetones y gorros de lana tomaban un té que Mamá acababa de preparar. Mientras mi hermano, aún legañoso, dejaba su traje de sueños para vestirse con todas las capas de ropa necesaria para no pasar frío. Frío que me había obligado a dormir en el salón con el resto de la familia para poder dormir cerca de la estufa de leña a la que no hacen llaga la ausencia de electricidad que castiga Kosovo.
Mientras tanto, yo observaba el cuadro, desde mi refugio entre manta. Aunque le prometí a mi hermano que iría a la Mezquita con él, la hora psicológica sigue haciendo mella en mí. Él ya esta vestido, Mamá me trae una taza de té y me avisa de que es hora de moverse. Con decisión, salgo de mi cálido fortín.
Vestido para la ocasión, es decir, tapado hasta las cejas por bufanda, gorro y guantes, vuelvo al salón. Mamá me avisa de que me ponga un par de calcetines extras –los iba a necesitar-.
Los niños me avisan de que podemos ir en coche. Pero tiene truco. Primero tenemos que conseguir que el coche de nuestro tio arranque. El coche, un Ford Esscort que ha conocido tiempos mejores, tiene una fría y dura capa de hielo de un dedo de espesor.
La mañana se presenta diferente. Todavía no son las siete de la mañana y estoy sudando mientras empujo el coche, rampa arriba, rampa abajo, intentando que el motor se decida a renacer de su letargo invernal. La imagen tiene su gracia, un par de proyectos de adultos y un coro de cinco niños empujan un Ford Esscort calle arriba, calle abajo mientras gritan al conductor “Arráncalo Carlos, arráncalo por dios” – aunque bajo cero y en albanés suena mejor.
Después de repetidos intentos, dejamos por imposible la reanimación del coche. Al final, el coro de niños me guía rumbo a la gran mezquita de Mitrovica. Será la primera vez que rece en un mezquita –y posiblemente la primera que rece en mi vida-
Al llegar a la mezquita nos enteramos de que el aforo está completo. Así que toca quedarse en el descansillo, dónde se dejan los zapatos, y esta vez, por casualidad, el descansillo no tiene calefacción.
Nos saltamos las abluciones, demasiado frío para ir mojándose, así que pasamos directamente al rezo. Como todas las primeras veces, uno se encuentra con algunas dificultades, la torpeza de la inexperiencia. Pero nada grave.
Tras rezar, nos sentamos en el suelo. Y escuchamos el sermón del Mulá de turno, un señor refunfuñón, que no esta demasiado contento.
El público asistente es o muy mayor o muy joven. No hay término medio., Los abuelos con callados y los niños que lo acompañan. Algunos jóvenes, pero pocos.
El Mulá sigue abroncando al respetable, pero parece que no hace mucha mella en ellos, la mezquita parece una sala de espera en el hospital, todo el mundo charla –a sottovocce- de sus cosas con el compañero de alfombra, mientras la voz del alta voz sigue con su discurso sordo.
El vejete ha terminado, antes de irnos, volvemos a rezar, esta vez ya tengo experiencia, y todo parece más fluido. Mi hermano me mira por el rabillo del ojo para comprobar que lo hago bien.
Al terminar, nos felicitamos un “Feliz Bajram”, estrechamos manos y abrazamos. Ahora toca lo difícil, salir. Todo el mundo quiere salir a la misma vez. Nadie esta dispuesto a dejar pasar a nadie. Ahora entiendo porque todos los años hay muertos en La Meca, los musulmanes no saben respetar turnos de salida.
Pero al final salimos. Con un frío clavado en los huesos. Rumbo al primer café que haya abierto. Son las ocho y cuarto. Hemos pasado más de una hora sentado en el suelo helado.
Volvemos a casa con el café sirviendo de líquido anticongelante. El día esta despejado. El sol sigue fuera pero no calienta demasiado.